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05/06/2024

ALIEN vs. PREDATOR: Prólogo de la novelización de la película

PROLOGO

novelización de MARC CERASINI
basada en el guión cinematográfico de PAUL W.S. ANDERSON y SHANE SALERNO
historia de PAUL W.S. ANDERSON
basada en los personajes de «ALIEN» de DAN O'BANON y RON SHUSETT
y en los personajes de «PREDATOR» de JOHN THOMAS y JAMES THOMAS

Norte de Camboya, 2.000 a.C.

Las primeras columnas de luz atravesaban el dosel de ramas enredadas. Los pájaros alzaron el vuelo, saludando al amanecer con sus graznidos. Sus alas escarlatas teñían el cielo pálido mientras rozaban las duras y grises aristas de una pirámide de piedra colosal. Cerca de allí, el aire temblaba con el rugido incesante del río que se deslizaba sobre un acantilado dentado antes de estrellarse muy abajo contra las irregulares rocas.

A lo largo del suelo de la jungla, donde la espesa vegetación amortiguaba el estruendo de la cascada, un hocico húmedo apartó un nudo de lianas y ramas. Las hojas se agitaron, enviando un siseo crujiente por un sendero cubierto de maleza. El jabalí olfateó y luego escuchó. Con un gruñido de satisfacción, atravesó el sotobosque y emergió en un claro.

Agitando su corta cola, el cerdo trotó sobre un manto de musgo cercano a un bosquecillo de árboles centenarios. Husmeó agresivamente el suelo húmedo y fétido. En la base retorcida de un tronco gigantesco, quedó inmóvil. Su piel moteada tembló de emoción, y sus patas delanteras cavaron en la tierra negra y blanda, esparciendo hongos y un nudo de gusanos retorciéndose sobre el musgo verde. Finalmente, con fuertes resoplidos, el animal comenzó a devorar su presa.

Tras el jabalí que se atiborraba, las hojas se apartaron de nuevo, esta vez sin hacer ruido. Un par de ojos marrón barro, se asomaron por la apertura entre las ramas, fijándose en el lomo inquieto del cerdo. Funan, el cazador, levantó su rostro pintado hacia el cielo. Al igual que antes el jabalí, olfateó el aire y escuchó.

Los monos parloteaban en lo alto, y un solo pájaro emitió un graznido, aunque no de alarma. En las ramas bajas, los simios saltaban y chillaban, enviando ramitas y hojas al suelo de la jungla. Cerca de la tierra fresca y húmeda, los insectos se arrastraban, retorcían y zumbaban entre la niebla.

Funan sonrió. Él y sus compañeros habían acechado pacientemente a su presa. El momento para atacar estaba cerca, pero aún no. Solo cuando Funan estuviera seguro de que las condiciones eran perfectas daría la señal con su mano bronceada por el sol.

Silenciosos como sombras, los gemelos Fan Shih y Pol Shih se acercaron a ambos lados de Funan. Al igual que su jefe, empuñaban lanzas de madera con puntas de obsidiana afilada. Camuflados para la cacería, sus rostros, torsos y pechos estaban oscurecidos con cenizas y cruzados con barro marrón y verde. Vides frondosas envolvían sus brazos, piernas y coronaban sus cabezas.

Adornando sus caderas, correas de cuero sin tratar exhibían trofeos de cacerías pasadas: cráneos, huesos, filas de dientes afilados y colmillos curvados de una docena de especies. De los cordones que colgaban de sus cuellos pendían fragmentos de pelo, plumas y cuarzo, amuletos mágicos para garantizar una caza exitosa.

A medida que una brisa lo envolvía, Funan acarició la cola de mono seca que colgaba de su garganta y volvió a olfatear el aire una vez más. Podía oler al jabalí, la vegetación y el río en la distancia, pero nada más. Sin embargo, la tensión se apoderaba de sus nervios, y sus hombres también parecían inquietos.

Nunca antes habían cazado tan cerca del templo sagrado. Aunque la jungla alrededor de la pirámide rebosaba de vida salvaje, los cazadores siempre evitaban ese lugar prohibido. Solo durante la época de los sacrificios, cuando las tribus locales ofrecían a sus hombres y mujeres jóvenes a los dioses, la gente se adentraba en los terrenos.

Funan sabía que era imprudente cazar cerca de un lugar considerado tan sagrado. La cacería debería terminar ahora mismo, pero decidió lo contrario, haciendo una señal al último miembro de su grupo.

Un hombre gigantesco llamado Jawa avanzó en cuclillas para esconderse tras un grupo de enredaderas. Sujetaba una larga lanza que parecía diminuta en su inmensa mano, y de una correa de cuero en su cadera colgaba un robusto garrote. Al igual que los demás, Jawa estaba camuflado con barro y vegetación, y de su cinturón colgaban dientes de oso y un fragmento de hueso de un gran felino salvaje. Su poderoso pecho lucía las cicatrices recientes del feroz combate con el animal.

Desapercibido a los pies de Jawa, otra cacería estaba alcanzando su desenlace letal. Un lagarto rojizo de tonos gris verdoso y un escarabajo negro con cuernos estaban inmersos en una lucha a muerte en el suelo de la jungla, ajenos al gigante a cuya sombra luchaban. Cuando Funan hizo un gesto cortante con su mano izquierda, Jawa salió de su escondite, aplastando al lagarto y al escarabajo bajo su pie marrón y calloso.

Deslizándose a través de la maleza, Jawa avanzó hacia su posición, flanqueando al jabalí. Emitió un cacareo, imitando el llamado del ave rojo y verde que habitaba en esa región. Desde sus propios escondites, Funan y los hermanos Shih se levantaron, envueltos por una neblina ligera que se enroscaba alrededor de sus piernas mientras se movían.

Funan tomó la delantera. Pronto estaría lo suficientemente cerca como para asestar un golpe fatal con el primer lanzamiento, o para ser desgarrado por los colmillos de la criatura si fallaba. En un espasmo fulgurante, sus músculos se tensaron y su corazón se aceleró. Entonces, tan súbitamente como había llegado, la tensión se desvaneció y una fría calma lo envolvió.

Levantando su lanza, Funan estaba a punto de apuntar cuando algo salió mal. El hocico del jabalí, negro de tierra, se alzó bruscamente para olfatear el aire. Con las orejas agitándose, el animal resopló nerviosamente.

Funan no se atrevió a respirar. Detrás de él, Fan y Pol Shih se detuvieron en seco. Mientras una mosca zumbaba alrededor de su cabeza, Funan retrocedió con su arma preparada. Pero antes de que pudiera lanzar su ataque, el jabalí, sobresaltado, se deslizó bajo un tronco y desapareció entre los arbustos. El eco de su estrepitosa huida resonó durante un momento, para luego desvanecerse.

Funan miró a Jawa desconcertado. Lo habían hecho todo bien, pero de algún modo habían asustado a su presa. Detrás del jefe, Fan y Pol bajaron sus armas, perplejos.

Abruptamente, todo sonido en la jungla cesó. Cada pájaro y cada insecto pareció quedar en silencio. Solo el distante retumbar del agua de la cascada penetraba la densa vegetación. En el eco de ese pulso atronador, Funan examinó cautelosamente el claro, pero no vio nada. Fan y Pol Shih también levantaron sus lanzas, listos para atacar. ¿Pero atacar a qué?

Con un fuerte crujido, un apéndice negro y flexible salió disparado de entre la maleza y rodeó las piernas de Fan Shih. Sin siquiera emitir un grito de alarma, el cazador fue arrastrado hacia los arbustos, siendo el movimiento tembloroso de las hojas la única señal de su violenta desaparición.

Pol Shih alzó su lanza, dispuesto a vengar a su hermano. Pero, de repente, la lanza fue arrancada de sus manos. Pataleando sin poder hacer nada, él también fue arrastrado a través del claro hacia los matorrales. Solo después de que Pol desapareciera de la vista empezó a gritar: una vez, dos, tres veces y finalmente un alarido sostenido de agonía.

El grito aterrorizado de Pol rompió el coraje de los demás. Jawa huyó corriendo hacia la maleza, seguido un momento después por Funan.

Como antes lo había hecho el cerdo, Jawa huía a ciegas entre los árboles, ignorando el sendero para abrirse paso a través de la jungla en su desesperación. Las lianas se enredaron en sus brazos, y dejó caer su lanza para moverse más rápido, mientras el pánico lo impulsaba.

Finalmente, sin aliento, Jawa tropezó en un claro cubierto por un domo de lianas entrelazadas. Se apoyó, jadeante, contra el tronco de un árbol. Con las piernas separadas y respirando con dificultad, Jawa escuchaba bajo la densa sombra buscando sonidos de persecución. Detrás de él, oyó los movimientos rápidos de Funan abriéndose paso a través de la jungla, pero nada más.

La sombra negra, informe, cayó del árbol sin previo aviso. Al aterrizar en cuclillas, la enorme bestia con forma de insecto se desplegó y se enfrentó a Jawa. Un gemido similar al de un perro escapó del guerrero mientras daba un paso atrás. Tanteó torpemente el robusto garrote de madera y piedra que colgaba de su cinturón de cuero sin curtir. Pero no había tiempo para luchar, solo para morir. Las últimas imágenes que quedaron grabadas en los sentidos de Jawa fueron unos afilados dientes, mandíbulas rechinantes, saliva ardiente y sangre roja.

Segundos después, Funan irrumpió en el mismo claro sombreado, justo a tiempo para ver cómo Jawa era arrastrado, impotente, hacia las enredaderas de arriba. Una lluvia escarlata salpicó el suelo, y cálidas gotas cayeron sobre Funan. El cazador jefe, con la mano todavía apretando el cuello de su lanza, escudriñó las ramas en busca de alguna señal de Jawa.

Pero el hombre había desaparecido.

Con la lanza en alto, Funan examina sus alrededores. Se encontró en una ensenada rodeado de antiguos árboles de troncos gruesos, el más grande cubierto por una extraña corteza negra y brillante. Luchando por calmarse, Funan detuvo su agitada respiración para escuchar cómo se aproximaba su enemigo. Solo entonces oyó un sonido húmedo y desgarrador a sus espaldas. Se giró de golpe, empujando su lanza hacia adelante.

Con creciente horror, Funan observó cómo la aceitosa y oscura corteza comenzaba a moverse, despegándose del tronco. Con un sonido carnoso y húmedo, a la masa informe le brotaron extremidades. Entonces, una cabeza oblonga emergió como un apéndice, cubierto por una piel reluciente y casi translúcida. Una cola ósea y segmentada se desenrolló de una gruesa rama y, con un golpe suave, la abominable criatura cayó al suelo.

La criatura que chasqueaba como un gigante y terrible insecto, se alzó hasta mostrar su inmensa altura y avanzó tambaleándose hacia el acobardado cazador. Mandíbulas rechinantes se abrieron para extender un largo y venoso apéndice rematado con otra abertura que chasqueaba y babeaba.

Olvidando su garrote, Funan intentó huir. En su pánico, tropezó con las enredaderas. Torciendose el tobillo, Funan cayó al suelo con fuerza, y la lanza salió volando de su mano entumecida. Entonces, el más poderoso cazador de su tribu se hizo un ovillo, tembloroso y esperó que la muerte lo reclamase. Sabía que este era su castigo por haber profanado el terreno sagrado que rodeaba el Templo de los Dioses.

Unas salpicaduras de saliva caliente le quemaron la mejilla. Mandíbulas chasqueantes se cerraron cerca de su garganta, y una sombra mortal, negra como la misma muerte, se cernió sobre él, lista para atacar, cuando algo asombroso ocurrió.

Otra abominación emergió de la jungla.

Funan vio a la criatura primero como un borrón, pues la jungla parecía ondular a su paso. Dondequiera que la aparición acechaba, la selva se derretía y se reformaba a su alrededor. En un destello cegador de movimiento, la figura translúcida cruzó el claro y atacó al monstruo negro que estaba sobre el cuello de Funan, penetrando su caparazón segmentado con un golpe aplastante y lanzándolo lejos.

El exoesqueleto del monstruo negro resonó al golpear el suelo, y Funan vio que las placas acorazadas de su garganta habían sido perforadas y destrozadas. Fuentes de sangre verde y ácida brotaban de la herida del monstruo negro, salpicando hojas, ramas y lianas. Cada lugar donde el fluido venenoso tocaba, comenzaba a humear y arder. Las gotas abrasadoras también alcanzaron a Funan, quien rodó por el suelo gritando de pura agonía.

La aparición se detuvo, inclinándose sobre el cazador caído, y cuando Funan apartó las manos de su rostro y alzó la mirada, el borrón fantasmal tomó una forma sólida: una pesadilla que parecía parte hombre, parte reptil y parte bestia demoníaca. La aparición se mantenía erguida sobre dos piernas tan gruesas como troncos. Su torso estaba cubierto de escamas, y su amplio rostro oculto tras una máscara de metal. Ojos salvajes ardían detrás de esa máscara, ojos que Funan trató desesperadamente de evitar mirar.

Entonces, el fantasma pasó junto al humano, avanzando con grandes zancadas hacia el monstruo negro que aún se retorcía en el suelo. Funan observó cómo el espectro levantaba sus enormes brazos. De repente, con un chasquido agudo y seco, un trío de cuchillas plateadas emergió del brazalete que rodeaba la muñeca de la criatura. La luz del sol se reflejaba en las afiladas puntas. El espectro gruñó con satisfacción y miró a Funan una vez más.

Funan cubrió sus ojos y rezó a todos los ancestros de su pueblo. Imploró clemencia a una docena de deidades tribales, grandes y pequeñas. Y, para sorpresa de Funan, uno de esos dioses respondió a sus súplicas.

Sacudiendo la cabeza con lástima, como si el humano caído no valiera el esfuerzo ni el tiempo de matarlo, el Depredador giró una vez más para enfrentarse a su verdadera presa.

El monstruo negro gruñía, con la herida desgarrada en su cuello que todavía arrojaba bilis verde venenosa, apoyó la espalda contra un árbol. Con la cola azotando el aire y las garras extendidas, la criatura se preparó para su batalla final.

Con las piernas firmemente plantadas, el Depredador agitó su cabeza hacia atrás y emitió un aullido salvaje que sacudió la jungla. Después cargó.

Funan escuchó cómo la carne se desgarraba y el caparazón quitinoso se agrietaba. Luego, llegaron los húmedos sonidos de la sangre verde fosforescente y el veneno ácido al salpicar el claro.

Las ramas se sacudieron y los árboles temblaron a raíz de aquella terrible lucha a vida o muerte. Mientras la jungla humeaba y ardía a su alrededor, Funan observó con fascinación impotente cómo dos criaturas primigenias, cuyos orígenes inhumanos estaban más allá de su comprensión, luchaban salvajemente hasta la muerte.

CONTINUARÁ...

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